Se querían, en ese espacio que fluctúa entre mucho y nada. Acomodaban una vida de costumbres básicas, sin aspavientos , como escribiendo los días línea a línea con una ortografía sin faltas. Apareaban enfados con frases serenas , comedidos, sin traspasar la frontera de los territorios conocidos, esos que transmiten una seguridad aparentemente indestructible.
El paso de los años en convivencia, barnizó con una pátina amable ese guardar las formas, las maneras, esa obediencia a las directrices que pautan un ir haciendo sin problemas. Pactando tácitamente, sin dramas, pero también sin risas desbocadas, un pasarse la pelota, con toques suaves, ahora tú, ahora yo, dejemos las emociones fuertes para los que no saben gestionar sus malestares.
Una carretera sin curvas, un trabajo estable, dos niños la mar de monos, un poco traviesos, pero lo justo, como esa sopa tibia debidamente sazonada. Todo razonable. Y fines de semana divertidos, paseos por el campo, la playa en verano, cine los jueves, cena romántica dos veces al mes, a ser posible, en viernes, si no coincide con un partido, o una cena de mujeres.
Fue precisamente a las puertas de un fin de semana, viernes con velas, música suave y restaurante vegetariano en el que Marta se retrasó…. Una reunión a última hora, nada serio, luego el párking. Ultimos retoques de maquillaje en el espejo de la visera, paso ligero, Gustavo aguarda degustando un zumo de zanahoria con manzana, ella se acerca por la espalda y esgrime el gesto cotidiano de saludo, se inclina y roza su cara. Precisamente en ese instante, él siente su contacto como un disparo en la nuca y a partir de ahí ya nada encaja.
Cayó el decorado, a plomo, como un vino espeso derramado en un descuido, y todos los sentidos, de tan comunes, se dieron por desaparecidos.
MANICOMIO 257
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