
Suena el despertador aún en la penumbra de un domingo de horizonte incierto. Me arranco el ánimo de entre las sábanas y perpetro la rutina de los últimos 130 días.
Cuando enfilo la cuarta rotonda, una línea roja incandescente explota ante mis ojos y me regala un maravilloso amanecer que inunda con fuerza la estrecha grieta entre el cielo encapotado y la tierra adormecida.
Me cruzo con pocos vehículos, los últimos rezagados de una noche derramada entre humo ,alcohol y a saber qué otros anestésicos del hastío; por unos kilómetros esa soledad me aporta la calma suficiente para enfrentar mi último día de trabajo.
Llego puntual y despierta a la recepción. Todo sigue igual, pero con la certeza de que cada paso es el último de la temporada. Los pocos clientes cruzan la barrera de salida a cuentagotas, remoloneando en su tarea de cambiar el bañador por la camiseta de manga larga para emprender ruta de vuelta a casa. Empaquetar ordenadores, charlar del invierno que nos espera, de las anécdotas del verano, de cuántos volveremos el próximo año, galletas y cava para celebrar la culminación de cuatro meses intensos, intercambio de libros prestados, fotos, añoranza en las miradas, y si, un pellizco en el corazón porque esto se acaba.
Entrego mi uniforme y mi placa, me siento casi como la protagonista de una serie policíaca en su capítulo final ; firmo el finiquito, más abrazos, y tengo que empujarme a subir de nuevo al coche ... cerrar por fin esa etapa de un verano intenso y distinto.
P.D. ( pido disculpas) por la foto. Dado el lugar, la hora y las consiguientes imprudencias, espero no me lo tengais en cuenta.