
Anda de puntillas, la cabeza moteada, el flequillo en línea oreado de forma imperceptible por la brisa líquida que la traslada, en un vaivén sinuoso, de marea a la baja y tímidamente roza la alfombra de piedra que bordea la orilla.
Es tan hermosa que incluso llego a imaginar que sus dedos de gelatina son incapaces de anestesiar mis pies si finalmente decido cruzar la barrera transparente que junto a cientos de hermanas gemelas, blandas, flanquean la entrada al mar.
La tarde sonríe azul y la cala solitaria reparte boletos con susurros irresistibles de agua fresca y abrazos de sal.
Finalmente la razón gana al impulso que ya decrece en el ánimo, y asisto desde platea al mejor domingo soñado.

Fotos: Cala Guillola. Parque Natural Cap de Creus. Girona