Con esa maldita crisis, su radio de acción se había visto reducido a 2, puede que 3 km. como máximo. Si afinaba un poco la mirada podía adivinar la silueta de la competencia allá al fondo, justo al final de esa línea recta, donde la carretera enfilaba en una cuesta que obligaba a reducir la velocidad, y por lo tanto permitía a los potenciales clientes, observar mejor la carne ofertada.
Marina lleva mal el invierno, su silla de plástico estratégicamente situada en un recoveco de la cuneta, queda totalmente a merced del viento del norte que de forma acanalada empuja su respaldo fuera del amparo del bosque que tan sólo unos metros más a la derecha le sirve de improvisado consultorio para sus servicios rápidos.
Un maravilloso telón de fondo se extiende a su espalda, los últimos rescoldos de los Pirineos, estampados en suaves colinas que inclinan su cintura para retozar en la playa, una llanura amable de campos hibernados, el vivero de plantas, la masía con granja, el almacén distribuidor de bebidas, y la promesa azul de un horizonte de agua salada. Pero, ella permanece ajena a todo lo que no sea el cálculo minucioso de vehículos con conductor masculino no acompañado que cruzan como rayos, intentando captar su interés con su vestido corto, sus piernas muertas de frío, sus tacones de plástico desgastado y un contoneo mal interpretado pero infalible para los instintos básicos.
Por suerte, la semana pasada, la Dirección General de Tráfico, instaló un radar en el punto kilométrico 15.4, epicentro de las actividades de Marina y tan sólo a dos metros de su silla de plástico.
LA CUEVA DE LOS IMPOSIBLES
Hace 16 horas