Tiene sus fotos en facebook, cara de ángel que busca el abismo con gestos ensayados pero que apenas se reflejan en su mirada blanca, triste y profunda. Flequillo corto y rastas, pantalones indios, camisetas pintadas a mano, y un perfil de niña buena que asoma indefensa a su 18 años.
El límite no existe, parece proclamar segura de si misma, en cada flash que ha inmortalizado su cámara, pero la dulzura se derrama aún a su pesar y me entran unas ganas enormes de abrazarla. Porque en su corta biografía, los años se le atragantaron de a dos, o peor aún, se los robó un destino mal programado, con errores fatales y consecutivos que la catapultaron desde su infancia tranquila a un presente plagado de esquirlas de metralla.
Berta perdió a su madre con apenas 10 años y en su entierro comenzó a desatarse la tormenta; ya no hubo días fáciles, una brecha irreparable creció deprisa en casa y no hubo manera de poder taparla. Apenas dos años después, asistió estupefacta a otro derrumbamiento: la detención de su padre, acusado de un delito muy grave que a ella y a su hermana tardaron mucho en confesarles. Dos niñas perdidas, solas, sin culpa pero castigadas, nómadas en casa de los abuelos, de su tía, sobreviven al desastre sin saber muy bien cómo o cuándo la vida será algún día un lugar recomendable.
Por eso, mirando de nuevos sus fotos, esa espalda tatuada con la imagen del “pequeño príncipe” y su ojos avellana , no puedo dejar de sentir una ganas enormes de abrazarla.
LA CUEVA DE LOS IMPOSIBLES
Hace 16 horas