Desperté y aún olía a verano, pero sólo atiné a respirar tristeza; se me ocurrió que tal vez, y mirando de reojo mis últimos nueve meses, se debiera a ese cese de actividad laboral que me paralizó en invierno, trajo flores y aprendizajes en esa primavera nepalí, explosionó en mil colores en un verano lleno de sorpresas, y anda revolviéndome las tripas y el alma en ese otoño que se resiste pero insiste.
Desperté, y no estaba, mi sonrisa se descolgó del trapecio de mi cara y anda jugando al escondite; con un galopante desprendimiento de rutina, el tiempo me pisa y yo, intento no escuchar las voces oscuras que entraron en mi cerebro; busco esos argumentos que me hacen sentir optimista, incluso valiente ante esa marejada incesante de viejas actitudes que desaprendí aunque ahora se estampen de nuevo en esa orilla pespunteada.
Desperté y la fiesta había terminado; sentada en el bordillo observo los restos, esa prisa que pertenece a los otros, el hilo sobre el que se sostienen simulando criterio, la vida blanda sobre la que resbalan .No voy a levantarme, al menos de momento, porque adivino que debo mirar hacia otras esquinas que todavía no acierto a ver, porque la paciencia recién estrenó temporada, y porque ese existir ingrávido obedece a una causalidad extraña, me habla en un idioma raro, y se muestra resplandeciente cuando me acuno las ganas.
Desperté, y probablemente eso ya significa algo….
MANICOMIO 257
Hace 5 horas